domingo, 21 de octubre de 2012

Los azacuanes.


Dos veces al año, los cielos de mi patria se ven engalandos por el paso de las aves migratorias.
Los azacuales les llaman. Es una curiosa mezcla de aves de presa y de carroña que se mueven de norte a sur, y viceversa, hullendo del frio invernal... son, por decirlo de alguna forma, adoradores del verano eterno e incanzables seguidores de los días cálidos.
Una gigantesca cooperacion de águilas, halcones, gavilanes y zopes que siguen un mismo compás, la música invisible de la naturaleza que muy pocos logran escuchar.
A mí, me parecen un delicado espectáculo de manchas negras que se arremolinan en el firmamento. Bailarinas emplumadas que muestra una destreza coreográfica mientra se dirigen a su soleado destino.
Al ver el evento desde la frialdad calculadora de las ciencias naturales, podría, simplemente decir que las aves planean en espiral ascendente sobre corrientes cálidas que las elenvan a la altura necesaria para proseguir su viaje. Pero esta tarde al verlas pasar, evocaron a mi memoria el olor del mar y la briza de las montañas... su visita representa la esperanza del verano; pues son los embajadores de los cielos abiertos, que traén consigo la retirada del invierno.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Te dejo las cosas claras

Para saber que existes en mi mundo te debo conocer; al conocerte formarás parte de mi vida y dejarás el anonimato para ser una nueva estrella que gira en el firmamento de lo que ESTÁ a mi alreadedor.
Si ya no te recuerdo, no existes... y si no existes: el daño que me infrinjiste, o todo el bien que hiciste quedará también olvidado
Si ya no existes, tampoco lo hacen el dolor, la amargura y el resentimiento; ni las alegrías, el gozo y la felicidad compartida.
Eso no significa que ya no camines, o que ya no vivas; o que nunca más te vuelva a ver; es sólo una forma de explicarte que no me voy a esforzar por reternete en mi cabeza... Sin embargo, al verte, al encontrarte: todos los sentimientos que un día tube por tí se materilizarán frente a mí.
Por eso, según la dirección que tomen mis sentimientos, puedo decidir simplemente ignorarte, fingir que no existes, que mi corazón nunca te conoció; o puedo abrirte mi entrañas y mostrarte que a pesar de las nuevas arrugas o los menos cabellos, sigo siendo el mismo despistado sin remedio, el lector sin descanso, el maníaco de atar, el neurótico constante, que repite una y otra vez esa rutina autista que ya te sabes de memoria.

miércoles, 21 de marzo de 2012

El encuetro (cuento)


Plic, plic, plic… se escuchaban las gotas de lluvia que han empezado a caer sobre el pavimento, suenan como una melodía en crescendo a medida arrecia.
Ha sido una tarde de viernes típica para mí: trabajo, estudios y los amigos de siempre. Mientras camino sobre la calzada de la universidad, he sacado de mi cartera el paraguas, negro como la noche, para evitar mojarme con esta lluvia, que ya se ha tornado tan ruidosa como un televisor que no encuentra sintonía. Son casi las cinco de la tarde y aun queda suficiente iluminación natural en esta gris tarde.
Todo mi ser debería estar relajado al pensar que mañana tendré mi merecido descanso de fin de semana; pero mis músculos están tensos y me muevo con mucha prisa; lo confirman los continuos “splash” que emiten mis tacones sobre los charcos que han comenzado a formarse.
Me digo “pronto estaré en casa”, pero mi corazón está inquieto, como si me quisiera prevenir de un terrible mal -Maldito sexto sentido femenino. -Respiro profundo y me animo pensado que solo me quedan cien metros para salir de la universidad y estaré en la parada del bus.
-Solo cien metro y ya. -Me digo para calmar mis ansias.
Pero... mi cuerpo se ha petrificado, mis músculos están inmóviles, y algo en mi pecho parece que se ha encogido en cuestión de segundos… al otro lado de la calzada, a unos escasos tres metros, estás tú. Aunque es la hora de mayor flujo de personas, sólo te veo a ti frente a mí, y no hay nadie más a nuestro alrededor. Me siento tan impresionada, que la lluvia parece paralizada en su intento por alcanzar la tierra; sus gotas nos rodean, suspendidas en el aire, como perlas transparentes, miles de ellas, que nos circundan, sin moverse un sólo centímetro; y tan estáticas como las gotas están las hojas de los arboles del pequeño bosque que bordea el camino. Todo parece congelado.
Estas empapado, con la ropa de siempre, los jeans rasgados, tu suéter descolorido y tus tenis gastados, tu mirada perdida (que parecía nunca verme), y esa sonrisa que parece realzar una misteriosa seguridad inquebrantable en ti mismo. Creo que el final de lo nuestro nunca te afectó. Siempre pareciste inmune a todo.
Mi mente corre a mil por hora; quisiera abrazarte y estrujarte con todas mis fuerzas, decirte que aun te amo, cubrirte con mi paraguas ( aunque sé que odias sentirte protegido por alguien más)... pero no me atrevo. Te veo y reconozco que tampoco quieres verme. Y como miles de trozos de un cristal que cae al piso, como mi corazón, así caen las gotas de la lluvia una vez más sobre el empedrado del camino. Ambos continuamos caminando, cruzamos uno al lado del otro, y ... nada sucede. Vuelvo la mirada con un ferviente deseo de verte hacer lo mismo, pero sigues tu camino imperturbable.
Mis cien metros se han terminado y me encuentro frente al bus, la lluvia sigue y mi corazón sabe que aun no has sido olvidado.

martes, 20 de marzo de 2012

El viaje


Uno, dos, tres… despejen… ¡no responde! ¡no respira!
-¡Qué efímera es la vida! Que fácil se acaba: se vuela de nuestras manos como hoja al viento.
Una luz roja, rechinar de llantas, el crujir de los metales estrujándose entre sí contra mi cuerpo, el impacto de una mole fría que te mueve y te estremece, luego la obscuridad… y el caos reina en la calles.
-Uno, dos, tres… ¡despejen! ¡Vamos quédate con nosotros! –me decía una delicada vos femenina con aire de angustia.
¿Irme? ¿Quedarme? Eran opciones que no dependían de lo que yo pudiera hacer. Mi estado actual se traduce en un fuerte dolor generalizado, el más mínimo intento de moverme hace que sienta como si miles de martillos me molieran a golpes… aunque no tengo mis ojos abiertos puedo precisar que estoy roto por todos lados.
En una fracción de segundos he visto mi vida pasar, lo hecho y lo omitido… “si tan sólo hubiera hecho” pero el hubiera ni existe, ni existirá dice Sartre. Y justo, a la hora de mi partida, esta frase tiene una mejor resonancia en mi conciencia, si es que aun la tengo; lo cierto es que lo que en vida hice, hecho está.
-¡Aceleren! Necesita una mayor atención, o lo perderemos. –Me sentía en un drama de E.R., con la diferencia que este era muy real. Lo que más me irritaba era la sed que sentía y el sabor a metal en la boca. Además tenía serias dificultades en respirar. ¿Llorará alguien mi muerte? ¿Seré extrañado? ¿Ocupaba un lugar especial en el corazón de alguna persona? ¿Me olvidaran pronto aquellos que un día juraron nunca dejarme? ¡Cómo me encantaría abrir mis ojos y ver quienes me rodean! Pero mis parpados no se mueven, y a pesar del esfuerzo, de mi boca no sale ni un gemido.
Me siento cansado; cansado de la vida, cansado de la muerte ¡Cansado! De haber aceptado la rutinaria vida que tuve, de jugar el mismo juego de los demás, de callar y esperar… de mí. Y quizá ese cansancio fue el que me llevo a querer salir de la rutina, acelerar un poco más de lo usual, sentirme libre, sentir que estaba haciendo lo que quería y no lo que dictaban los demás; tal vez me sentí tan libre que olvide lo que estaba a mi alrededor… tan libre que rompí las leyes de tránsito.
Pero que importa ya, si no puedo decirte adiós, ni besar tus labios, ni dibujar tu rostro, ni tocar tus caderas… solo me conformo con tu imagen y espero que no me odies por haberme cansado hasta de ti…
-No tiene pulso… no respira… creo que ya no tiene caso seguir intentando… lo hemos perdido.

Empapame

Con tus dulces caricias, con tus besos y abrazos ¡empápame! ¡No! No con esas sucias y baratas; sino con las que son suaves, profundas… esas que me roban la calma, esas que hacen a mi cuerpo pedir más esas que me derriten, esas que llegan a mi alma y me hacen tiritar.
Empápame de pies a cabeza, y poco a poco haz que cada día te extrañe y te necesite ...

domingo, 8 de mayo de 2011

Punto negro:


Te veo, minúsculo, muy pequeño, y tan solitario. Parece que todos te han olvidado, aislado, separado; o bien, detestado por ser la mancha sobre el lienzo blanco, porque les recuerdas la corrupción de lo que, un día, fue impecable.
Posees la figura platónica de la perfección en plano bidimensional; y, al verte, parece que te enroscas una y otra vez en una serie de círculos que no tiene fin; una espiral perpetua que se pliega sobre sí misma, movida por la fuerza centrífuga hasta la eternidad.
Tu color es como el alquitrán, y nadie sabe cómo llegaste allí; tu naturaleza es desconocida; sin embargo por tu color muchos piensan que representas al mal. Podrías ser signo de egoísmo, porque te abrazas con mucha fuerza sin permitir la compañía de otro más; tan fuerte te abrazas que eres como un apretado nudo que perdió su forma por la presión que se ha ejercido; eres como una bailarina, vista desde el cielo, que gira sobre su propio eje y se prepara para encantar a su público con su sólo. ¿Complicado o simple? ¿Observador o protagonista? ¿Qué eres realmente? Para mí, sublime poesía estática; para muchos sólo un fino punto negro que ha estropeado un pared blanca.

Qué doloroso es amar... (Leonor de Aquitania )

¡Qué doloroso es amar... 
y no poderlo decir! 
Si es doloroso saber, 
que va marchando la vida 
como una mujer querida, 
que jamás ha de volver. 
Si es doloroso ignorar, 
donde vamos a morir; 
¡más doloroso es amar... 
y no poderlo decir! 

Triste es ver que la mirada, 
hacia el sol levanta el ciego; 
y el sol la envuelve en su fuego 
y el ciego no siente nada. 
Ver su mirada tranquila, 
a la luz indiferente 
y saber que eternamente, 
la noche va en su pupila 
bajo el dosel de su frente. 

Pero si es triste mirar 
y la luz no percibir; 
¡más doloroso es amar... 
y no poderlo decir! 

Conocer que caminamos, 
bajo la fuerza del sino; 
recorrer nuestro camino 
y no saber donde vamos. 
Ser un triste peregrino, 
de la vida en los senderos, 
no podernos detener, 
por ir siempre prisioneros, 
del amor o del deber. 
Mas si es triste caminar 
y no poder descansar 
mas que al tiempo de morir; 
¡más doloroso es amar... 
y no poderlo decir! 

Vivir como yo soñando, 
con cosas que nunca vi; 
y seguir, seguir andando, 
sin saber por qué motivo 
ni hasta cuándo. 
Tener fantasía y vuelo, 
que pongan al cielo escalas 
y ver, que nos faltan alas, 
que nos remonten al cielo. 
Más si es triste no gozar, 
lo que podemos soñar; 
no hay más amargo dolor, 
que ver el alma morir, 
prisionera de un amor 
y no poderlo decir.