domingo, 21 de octubre de 2012

Los azacuanes.


Dos veces al año, los cielos de mi patria se ven engalandos por el paso de las aves migratorias.
Los azacuales les llaman. Es una curiosa mezcla de aves de presa y de carroña que se mueven de norte a sur, y viceversa, hullendo del frio invernal... son, por decirlo de alguna forma, adoradores del verano eterno e incanzables seguidores de los días cálidos.
Una gigantesca cooperacion de águilas, halcones, gavilanes y zopes que siguen un mismo compás, la música invisible de la naturaleza que muy pocos logran escuchar.
A mí, me parecen un delicado espectáculo de manchas negras que se arremolinan en el firmamento. Bailarinas emplumadas que muestra una destreza coreográfica mientra se dirigen a su soleado destino.
Al ver el evento desde la frialdad calculadora de las ciencias naturales, podría, simplemente decir que las aves planean en espiral ascendente sobre corrientes cálidas que las elenvan a la altura necesaria para proseguir su viaje. Pero esta tarde al verlas pasar, evocaron a mi memoria el olor del mar y la briza de las montañas... su visita representa la esperanza del verano; pues son los embajadores de los cielos abiertos, que traén consigo la retirada del invierno.

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