domingo, 8 de mayo de 2011

Punto negro:


Te veo, minúsculo, muy pequeño, y tan solitario. Parece que todos te han olvidado, aislado, separado; o bien, detestado por ser la mancha sobre el lienzo blanco, porque les recuerdas la corrupción de lo que, un día, fue impecable.
Posees la figura platónica de la perfección en plano bidimensional; y, al verte, parece que te enroscas una y otra vez en una serie de círculos que no tiene fin; una espiral perpetua que se pliega sobre sí misma, movida por la fuerza centrífuga hasta la eternidad.
Tu color es como el alquitrán, y nadie sabe cómo llegaste allí; tu naturaleza es desconocida; sin embargo por tu color muchos piensan que representas al mal. Podrías ser signo de egoísmo, porque te abrazas con mucha fuerza sin permitir la compañía de otro más; tan fuerte te abrazas que eres como un apretado nudo que perdió su forma por la presión que se ha ejercido; eres como una bailarina, vista desde el cielo, que gira sobre su propio eje y se prepara para encantar a su público con su sólo. ¿Complicado o simple? ¿Observador o protagonista? ¿Qué eres realmente? Para mí, sublime poesía estática; para muchos sólo un fino punto negro que ha estropeado un pared blanca.

Qué doloroso es amar... (Leonor de Aquitania )

¡Qué doloroso es amar... 
y no poderlo decir! 
Si es doloroso saber, 
que va marchando la vida 
como una mujer querida, 
que jamás ha de volver. 
Si es doloroso ignorar, 
donde vamos a morir; 
¡más doloroso es amar... 
y no poderlo decir! 

Triste es ver que la mirada, 
hacia el sol levanta el ciego; 
y el sol la envuelve en su fuego 
y el ciego no siente nada. 
Ver su mirada tranquila, 
a la luz indiferente 
y saber que eternamente, 
la noche va en su pupila 
bajo el dosel de su frente. 

Pero si es triste mirar 
y la luz no percibir; 
¡más doloroso es amar... 
y no poderlo decir! 

Conocer que caminamos, 
bajo la fuerza del sino; 
recorrer nuestro camino 
y no saber donde vamos. 
Ser un triste peregrino, 
de la vida en los senderos, 
no podernos detener, 
por ir siempre prisioneros, 
del amor o del deber. 
Mas si es triste caminar 
y no poder descansar 
mas que al tiempo de morir; 
¡más doloroso es amar... 
y no poderlo decir! 

Vivir como yo soñando, 
con cosas que nunca vi; 
y seguir, seguir andando, 
sin saber por qué motivo 
ni hasta cuándo. 
Tener fantasía y vuelo, 
que pongan al cielo escalas 
y ver, que nos faltan alas, 
que nos remonten al cielo. 
Más si es triste no gozar, 
lo que podemos soñar; 
no hay más amargo dolor, 
que ver el alma morir, 
prisionera de un amor 
y no poderlo decir. 


Tentación:


Mientras dormía tuve una extraña, pero a la vez regular, visita; no puedo pensar o describir si fue un tanto intempestiva o más calmada, tal vez hasta deseada y esperada. No me considero privilegiado o especial al ser abordado por la presencia que asecha a todo mortal: el demonio.
Ser perverso pero seductor, elegante y sigiloso, repudiado pero que es capaz de deleitar los deseos de las almas que se creen más puras; el libertador de los deseos más reprimidos en cada uno, lector de nuestros "negros sufrimientos" y fuente inagotable de todos los vicios.
¿Qué puede hacer un simple humano como yo frente a un ser de semejante altura, o bajeza según sea el caso? ¿Cómo negarme a sus insinuaciones? Sólo me quedaba dejarme llevar, al fin y al cabo ¿cómo defenderme? Él me habló dulcemente a mi oído, y me describió las imágenes más obscenas y perversas que en la vida pude ver, ante tal espectáculo, tan finamente descrito, todo mi ser se moría por estallar de placer; y mientras más me contenía, más aumentaba el fuego que devoraba mi interior. Me ofreció bienes, sexo, dinero, poder, prestigio, lujo... todo lo que una persona "normal" siempre sueña.
Mis ojos fueron cautivados y deje de percibir las imágenes de lo que estaba a mí alrededor, sólo para ver lo que él me quería mostrar. Tengo que confesar que había dejado de oponer resistencia y estaba totalmente abandonado al placer de contemplar aquello que el tentador me ofrecía. Era como paladear un buen vino, que es tan rico que no deseas tragarlo, porque su sabor ha enloquecido al paladar ¡y mi visitante lo sabía!; sabía que no deseaba que se retirara, porque su presencia se había vuelto, para mí, en algo sumamente agradable.
Le reconocía como el enemigo, pero no me atrevía a pedirle que se marchara.
-¿Dios, no me culpes por ser tan débil? -Pensé.
Total, soy un ser muy frágil.
Y así transcurrió la noche, y la madrugada y fue la mañana siguiente... llego el momento en el cual mi acompañante, como la amante que se desvanece en las sombras, se marchó.
Y allí estaba yo, me sentía sólo, desnudo, pobre y enfermo, avergonzado y sabiendo que todo lo que en esa noche había abrazado no eran más que ilusiones, imágenes de algo que no iba a suceder... fui engañado, como muchos tantos que cada noche reciben la visita de este ser extraño y familiar. Para mi desgracia, fui consiente desde el primer momento que nada podía ofrecerme una vil creatura como esta, pero el deseo que querer poseerlo todo y ser cubierto de placer me hizo olvidar frente a quien me encontraba.
¿Qué sucederá la próxima vez que me visite? como de costumbre... me entregaré al placer.

Sol nocturno:


La noche está apunto de caer, y el atardecer casi se ha desvanecido tras el horizonte de este azul mar. Me preparo para retirarme, así que doy media vuelta, dejando atrás la playa; pero veo a mi derecha una figura que se mueve en forma muy extraña.
Un vehículo, que también salía del lugar, giró a mis espaldas iluminando con sus farolas lo que había frete a mi; quedé inmóvil, contemplando lo que había frente a mi. Era un espectáculo, realmente, digno de admirar. Era una señorita con la piel delicadamente bronceada al sol; esbelta figura, alta y de firmes curvas, que se mueve sobre la arena con la gracia de una garza. La veo saltando, haciendo giros inversos, giros de frente, maromas, saltos mortales, saltos dobles y triples… con tanta elegancia, con tanta delicadeza que la arena bajo sus pies apenas se mueven y eso es lo único que me da la certeza que estoy frente a un ser vivo y no frente a un aparición… mis pupilas se encuentran cautivadas.
Una ola alcanza tímidamente la punta de su pie, que se eleva cuando realiza un giro invertido, haciendo que el agua salpique a su alrededor, como pequeñas piedras de diamante suspendidas en el aire; en conjunto me parece ver una estatua esculpida de granito bañada en bronce, tan torneada, tan modelada que no tenía defecto. Llevaba su cabello recogido en una cola de caballo.
¡Se ríe! Es como la sonrisa de una diosa que sabe como seducir a los hombres incautos o es como un dulce que se le obsequia a un niño. Es una sonrisa que se conjuga con una mirada traviesa mientras baila al ritmo de la naturaleza, expresando su libertad. Verla es como ver el amanecer sobre la playa, es un nuevo sol que ha nacido en esta noche obscura que ha envuelto a la playa.

Larga espera:


Era la hora del almuerzo, y todo estaba listo para recibir a mi regia visitante. El comedor lucía decorado con mi mejor cristalería, en la hielera había un rico vino d’anjue, previamente seleccionado, velas blancas coronaban los candelabros y en el centro de la mesa un ramillete de yerberas, rosadas y blancas, completaban la escena. En mi cuarto, mi cama estaba cubierta por un edredón de lino fino, brocado por toda la orilla; sobre el que yacían muchos pétalos de rosas rojas. Así celebraba la visita de la muerte.
Todo lo había preparado minuciosamente; sin actividades en el trabajo, sin visitas indeseables, sin empleada domestica; todo listo.
Sobre mi almohada había puesto una carta en la que libraba de culpa a todos los que me rodeaban y explicaba el motivo de mi muerte, o bien, de mi suicidio; que e sencillo: La vida ya no es capaz de sorprenderme. Lo he experimentado todo, drogas, sexo (vírgenes, viudas, casadas y hasta rameras) tengo un estatus social superior al que esperaba obtener, tengo poder, prestigio, buen parecido… sin embargo la vida parece haberse quedado corta y sin ofertas para mi.
Decidí que el mejor momento para consumar mi muerte sería después del almuerzo ¿cómo iniciar una actividad con el estómago vacío? Subí a mi cuarto, y al ver mi cama me parece el lecho nupcial donde una hermosa virgen será desposada. Me hace pensar un poco en mi realidad, estoy a punto de ser poseído por la muerte. Tenía lo que necesitaba: el banco firme en el piso, la soga fuertemente atada al techo y la determinación de llevar a cabo mi acto.
Subí al banco, pasé la soga por mi cuello, tomé una larga bocanada de aire, relajé mis músculos y me preparé para partir… ¡Din don!
-¡Maldición! –No entendía quién podía ser; no tengo amigos (no creo en trivialidades como la amistad o el amor) y mis familiares jamás me visitan (les dejé muy claro que no me interesan); soy un intelectual muy serio que no tiene tiempo para afectividades que quitan el tiempo.
Esperé… ¡Din don! –Sonó de nuevo. Retiré la soga de mi cuello, bajé del banco, y me dirigí a la puerta principal. Abrí, pero no había nadie. Volví a lo mío. Me preparé para retomar mi cita. Repetí los pasos; subí al banco, introduje mi cabeza por la horca, flexioné un poco las rodillas y me disponía a saltar a obscuros brazos de mi amante perversa… -¡Ring ring!
-¡Rayos! –una nueva interrupción.
¿Quién puede llamar? Hice memoria; y en efecto había cancelado todas mis citas excepto la que tenía con la muerte. Me puse rojo de rabia; me estaban interrumpiendo en medio de mi suicido… mientras tanto el teléfono seguía llamando. Finalmente decidí atender; no quiero ser descortés los últimos minutos que me queda de vida.
-¡Hola! –Dije.
Nadie atendía al otro lado; esperé un instante pero no escuchaba nada, ni respiración, ni estática, sólo el sonido del vacio (si es que el vacio tiene sonido). –Hola –Repetí, pero nadie contestó. La llamada se cortó. Me sentía a punto de estallar… cuando vi frente a mi algo que atrajo toda mi atención. Un cuadro. Me lo había regalado una chica a la que desdeñe sin el menor reparo de compasión. Era un Jesús tocando un puerta (patrañas religiosas), que conservé porque fue pintado al oleo y me parecía que estaban muy bien logrado. Abajo del cuadro decía “Mira que estoy a tu puerta y llamo; si escuchas mi voz me quedaré y cenaré contigo”; luego citaba ap. 3, 20; signos que no tenían ningún significado para mí, que provengo de una familia gnóstica-atea (nunca logramos definir nuestro estado religioso). No se explicar lo que pasó en ese instante; pero esa frase se clavo, de tajo, en mi interior… Y sobrevinieron las dudas ¿vale la pena morir? ¿No tengo, acaso, mucho que dar al mundo? ¿No me prometí hacer, al menos, un buen amigo? ¿No dije que cambiaria mi forma de pensar?... y sentado, como estaba, con el teléfono aun en mano, sentí que la vida me sorprendía. No era conversión, ni era el tal Jesús… ni siquiera el sentido religioso de la frase; era, simplemente, que esa frase me replanteó mi muerte. No me confesaré cristiano a partir de este hecho, pero puedo afirmar que vivir vale la pena y la vida aun puede seguirme sorprendiendo.