Era la hora del almuerzo, y todo estaba listo para recibir a mi regia visitante. El comedor lucía decorado con mi mejor cristalería, en la hielera había un rico vino d’anjue, previamente seleccionado, velas blancas coronaban los candelabros y en el centro de la mesa un ramillete de yerberas, rosadas y blancas, completaban la escena. En mi cuarto, mi cama estaba cubierta por un edredón de lino fino, brocado por toda la orilla; sobre el que yacían muchos pétalos de rosas rojas. Así celebraba la visita de la muerte.
Todo lo había preparado minuciosamente; sin actividades en el trabajo, sin visitas indeseables, sin empleada domestica; todo listo.
Sobre mi almohada había puesto una carta en la que libraba de culpa a todos los que me rodeaban y explicaba el motivo de mi muerte, o bien, de mi suicidio; que e sencillo: La vida ya no es capaz de sorprenderme. Lo he experimentado todo, drogas, sexo (vírgenes, viudas, casadas y hasta rameras) tengo un estatus social superior al que esperaba obtener, tengo poder, prestigio, buen parecido… sin embargo la vida parece haberse quedado corta y sin ofertas para mi.
Decidí que el mejor momento para consumar mi muerte sería después del almuerzo ¿cómo iniciar una actividad con el estómago vacío? Subí a mi cuarto, y al ver mi cama me parece el lecho nupcial donde una hermosa virgen será desposada. Me hace pensar un poco en mi realidad, estoy a punto de ser poseído por la muerte. Tenía lo que necesitaba: el banco firme en el piso, la soga fuertemente atada al techo y la determinación de llevar a cabo mi acto.
Subí al banco, pasé la soga por mi cuello, tomé una larga bocanada de aire, relajé mis músculos y me preparé para partir… ¡Din don!
-¡Maldición! –No entendía quién podía ser; no tengo amigos (no creo en trivialidades como la amistad o el amor) y mis familiares jamás me visitan (les dejé muy claro que no me interesan); soy un intelectual muy serio que no tiene tiempo para afectividades que quitan el tiempo.
Esperé… ¡Din don! –Sonó de nuevo. Retiré la soga de mi cuello, bajé del banco, y me dirigí a la puerta principal. Abrí, pero no había nadie. Volví a lo mío. Me preparé para retomar mi cita. Repetí los pasos; subí al banco, introduje mi cabeza por la horca, flexioné un poco las rodillas y me disponía a saltar a obscuros brazos de mi amante perversa… -¡Ring ring!
-¡Rayos! –una nueva interrupción.
¿Quién puede llamar? Hice memoria; y en efecto había cancelado todas mis citas excepto la que tenía con la muerte. Me puse rojo de rabia; me estaban interrumpiendo en medio de mi suicido… mientras tanto el teléfono seguía llamando. Finalmente decidí atender; no quiero ser descortés los últimos minutos que me queda de vida.
-¡Hola! –Dije.
Nadie atendía al otro lado; esperé un instante pero no escuchaba nada, ni respiración, ni estática, sólo el sonido del vacio (si es que el vacio tiene sonido). –Hola –Repetí, pero nadie contestó. La llamada se cortó. Me sentía a punto de estallar… cuando vi frente a mi algo que atrajo toda mi atención. Un cuadro. Me lo había regalado una chica a la que desdeñe sin el menor reparo de compasión. Era un Jesús tocando un puerta (patrañas religiosas), que conservé porque fue pintado al oleo y me parecía que estaban muy bien logrado. Abajo del cuadro decía “Mira que estoy a tu puerta y llamo; si escuchas mi voz me quedaré y cenaré contigo”; luego citaba ap. 3, 20; signos que no tenían ningún significado para mí, que provengo de una familia gnóstica-atea (nunca logramos definir nuestro estado religioso). No se explicar lo que pasó en ese instante; pero esa frase se clavo, de tajo, en mi interior… Y sobrevinieron las dudas ¿vale la pena morir? ¿No tengo, acaso, mucho que dar al mundo? ¿No me prometí hacer, al menos, un buen amigo? ¿No dije que cambiaria mi forma de pensar?... y sentado, como estaba, con el teléfono aun en mano, sentí que la vida me sorprendía. No era conversión, ni era el tal Jesús… ni siquiera el sentido religioso de la frase; era, simplemente, que esa frase me replanteó mi muerte. No me confesaré cristiano a partir de este hecho, pero puedo afirmar que vivir vale la pena y la vida aun puede seguirme sorprendiendo.