domingo, 26 de julio de 2015

Desesperación.



Desolación, vacío, inmensidad.
¡Arena! Kilómetros y kilómetros de arena alrededor. Imposible identificar donde inicia o termina.
Estoy aquí, en medio de esta “nada”; o en el centro de todo, dependiendo de la óptica. Este cielo, que se eleva sobre mi cabeza, luce cargado de estrellas. Me atrevo a calcular el triple de las que hay en un cielo nocturno “normal” ¡El viento sopla! y los granos de arena se abandonan a su fuerza. Al tratar de escuchar alguna señal de vida, ¡algo, cualquier cosa! -aunque sea una pequeña rata o una cucaracha- por respuesta obtengo el sonido del viento que sopla y choca contra las dunas de arena.
¿Qué es este extraño lugar? Veo las estrellas, pero no hay una luna a la vista. La noche me parece eterna. Hace ya una semana que es de noche, o al menos hace una semana que estoy aquí, y a juzgar por lo que veo, creo que no hay amanecer. Lo único que siento es el toque de la mano nocturna, que traspasa mi piel; y el abrazo de los granos de arena que se elevan al antojo del viento. 
¡Gritar! ¡Gritar! Es lo que hago, llamo por sus nombres amigos y conocidos al azar, en la inútil espera de una respuesta. Al final… silencio. Mi garganta esta herida, arde y duele. No tengo aire, aliento o fuerza para gritar de nuevo. 
¿Agua? ¿Pozos? ¿Arroyos?... Me parece que he caminado miles de millas y en vano he intentado buscar algo a lo que pueda llamar oasis. El agua parece no existir. He cavado profundos agujeros con la esperanza de que brote agua a través de esta arena, en este desierto eternamente nocturno, pero nada sucede… ¡Nada! Mis uñas están quebradas, mis dedos sangrados y mis manos ampolladas del esfuerzo; solo he logrado fatigarme inútilmente. Mis labios están agrietados, mi piel curtida por la resequedad del viento y mis piernas flaquean. La sed es insaciable ¡ya no puedo con ella! Si tan solo beber mi propia sangre me tranquilizara, lo haría sin pensarlo dos veces. El hambre me está acabando, todo mi cuerpo tiembla, me siento cansado, profundamente agotado. Sin esperanzas, me he lanzado al suelo con mis brazos y piernas extendidas, viendo directamente este cielo tan espectral, tan lleno de estrellas, que simula una pared que no puedo alcanzar y menos traspasar. La fatiga es evidente, cada paso en esta tierra es difícil, mis pies se hunden en la arena, y avanzar es casi imposible, moverme unos pocos metros requiere de toda mi dedicación y entrega. 
Calculo, por el tiempo que llevo en este lugar, que debería de estar muerto de inanición o deshidratación, pero aun estoy con vida. Mi cuerpo es como una hoja que se seca y consume poco a poco, pero no logro morir, sigo sufriendo y sigo vivo. ¿Por qué me evades muerte? ¡Contéstame! Tú pareces ser mi mejor opción, y sin embargo también ignoras mi llamado. 
Mis lágrimas han secado; probablemente las gasté ya todas. 
Creo, y no estoy seguro por la irregularidad del tiempo en este lugar, que hace tres días intenté avanzar hacia el horizonte, guiado por una nebulosa de estrellas, pero aunque corrí los más lejos que pude, no logré ver algo diferente de esta arena, una sensación de haber corrido en círculos me invade. En este lugar no hay colinas, montañas o valles; toda su geografía es plana. Una llanura que se extiende sin fin. 
Así que no me queda más que esperar y morir. O tal vez solo esperar, porque no tengo una certeza de morir. Me rendiré, dejaré de luchar. Me acomodaré y esperaré aunque nada pase, porque en el mejor de los casos, el que suceda algo sería bueno. 
Finalmente, me pregunto… ¿Adónde estoy? Será el infierno, será el limbo, el purgatorio… no creo que sea el cielo. ¿Tendré salida o escape de esta bastedad? No lo sé. Aun no logro clarificar que puede ser este lugar. Es bastante parecido al infierno. Es bastante parecido a… 
¡No! No, no, no, no… esto no es el infierno. Es peor, y ahora sé porqué no puedo salir de aquí. Es un lugar adentro de mí mismo. Es el terrible laberinto de mi mente y de mis pensamientos que no me da paz ni me deja descansar. 
Desolación, vacío, inmensidad.

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