Dos veces al año, los cielos de mi
patria se ven engalandos por el paso de las aves migratorias.
Los azacuales les llaman. Es una
curiosa mezcla de aves de presa y de carroña que se mueven de norte
a sur, y viceversa, hullendo del frio invernal... son, por decirlo de
alguna forma, adoradores del verano eterno e incanzables seguidores
de los días cálidos.
Una gigantesca cooperacion de águilas,
halcones, gavilanes y zopes que siguen un mismo compás, la música
invisible de la naturaleza que muy pocos logran escuchar.
A mí, me parecen un delicado
espectáculo de manchas negras que se arremolinan en el firmamento.
Bailarinas emplumadas que muestra una destreza coreográfica mientra
se dirigen a su soleado destino.
Al ver el evento desde la frialdad
calculadora de las ciencias naturales, podría, simplemente decir que
las aves planean en espiral ascendente sobre corrientes cálidas que
las elenvan a la altura necesaria para proseguir su viaje. Pero esta
tarde al verlas pasar, evocaron a mi memoria el olor del mar y la
briza de las montañas... su visita representa la esperanza del
verano; pues son los embajadores de los cielos abiertos, que traén
consigo la retirada del invierno.
