miércoles, 21 de marzo de 2012

El encuetro (cuento)


Plic, plic, plic… se escuchaban las gotas de lluvia que han empezado a caer sobre el pavimento, suenan como una melodía en crescendo a medida arrecia.
Ha sido una tarde de viernes típica para mí: trabajo, estudios y los amigos de siempre. Mientras camino sobre la calzada de la universidad, he sacado de mi cartera el paraguas, negro como la noche, para evitar mojarme con esta lluvia, que ya se ha tornado tan ruidosa como un televisor que no encuentra sintonía. Son casi las cinco de la tarde y aun queda suficiente iluminación natural en esta gris tarde.
Todo mi ser debería estar relajado al pensar que mañana tendré mi merecido descanso de fin de semana; pero mis músculos están tensos y me muevo con mucha prisa; lo confirman los continuos “splash” que emiten mis tacones sobre los charcos que han comenzado a formarse.
Me digo “pronto estaré en casa”, pero mi corazón está inquieto, como si me quisiera prevenir de un terrible mal -Maldito sexto sentido femenino. -Respiro profundo y me animo pensado que solo me quedan cien metros para salir de la universidad y estaré en la parada del bus.
-Solo cien metro y ya. -Me digo para calmar mis ansias.
Pero... mi cuerpo se ha petrificado, mis músculos están inmóviles, y algo en mi pecho parece que se ha encogido en cuestión de segundos… al otro lado de la calzada, a unos escasos tres metros, estás tú. Aunque es la hora de mayor flujo de personas, sólo te veo a ti frente a mí, y no hay nadie más a nuestro alrededor. Me siento tan impresionada, que la lluvia parece paralizada en su intento por alcanzar la tierra; sus gotas nos rodean, suspendidas en el aire, como perlas transparentes, miles de ellas, que nos circundan, sin moverse un sólo centímetro; y tan estáticas como las gotas están las hojas de los arboles del pequeño bosque que bordea el camino. Todo parece congelado.
Estas empapado, con la ropa de siempre, los jeans rasgados, tu suéter descolorido y tus tenis gastados, tu mirada perdida (que parecía nunca verme), y esa sonrisa que parece realzar una misteriosa seguridad inquebrantable en ti mismo. Creo que el final de lo nuestro nunca te afectó. Siempre pareciste inmune a todo.
Mi mente corre a mil por hora; quisiera abrazarte y estrujarte con todas mis fuerzas, decirte que aun te amo, cubrirte con mi paraguas ( aunque sé que odias sentirte protegido por alguien más)... pero no me atrevo. Te veo y reconozco que tampoco quieres verme. Y como miles de trozos de un cristal que cae al piso, como mi corazón, así caen las gotas de la lluvia una vez más sobre el empedrado del camino. Ambos continuamos caminando, cruzamos uno al lado del otro, y ... nada sucede. Vuelvo la mirada con un ferviente deseo de verte hacer lo mismo, pero sigues tu camino imperturbable.
Mis cien metros se han terminado y me encuentro frente al bus, la lluvia sigue y mi corazón sabe que aun no has sido olvidado.

martes, 20 de marzo de 2012

El viaje


Uno, dos, tres… despejen… ¡no responde! ¡no respira!
-¡Qué efímera es la vida! Que fácil se acaba: se vuela de nuestras manos como hoja al viento.
Una luz roja, rechinar de llantas, el crujir de los metales estrujándose entre sí contra mi cuerpo, el impacto de una mole fría que te mueve y te estremece, luego la obscuridad… y el caos reina en la calles.
-Uno, dos, tres… ¡despejen! ¡Vamos quédate con nosotros! –me decía una delicada vos femenina con aire de angustia.
¿Irme? ¿Quedarme? Eran opciones que no dependían de lo que yo pudiera hacer. Mi estado actual se traduce en un fuerte dolor generalizado, el más mínimo intento de moverme hace que sienta como si miles de martillos me molieran a golpes… aunque no tengo mis ojos abiertos puedo precisar que estoy roto por todos lados.
En una fracción de segundos he visto mi vida pasar, lo hecho y lo omitido… “si tan sólo hubiera hecho” pero el hubiera ni existe, ni existirá dice Sartre. Y justo, a la hora de mi partida, esta frase tiene una mejor resonancia en mi conciencia, si es que aun la tengo; lo cierto es que lo que en vida hice, hecho está.
-¡Aceleren! Necesita una mayor atención, o lo perderemos. –Me sentía en un drama de E.R., con la diferencia que este era muy real. Lo que más me irritaba era la sed que sentía y el sabor a metal en la boca. Además tenía serias dificultades en respirar. ¿Llorará alguien mi muerte? ¿Seré extrañado? ¿Ocupaba un lugar especial en el corazón de alguna persona? ¿Me olvidaran pronto aquellos que un día juraron nunca dejarme? ¡Cómo me encantaría abrir mis ojos y ver quienes me rodean! Pero mis parpados no se mueven, y a pesar del esfuerzo, de mi boca no sale ni un gemido.
Me siento cansado; cansado de la vida, cansado de la muerte ¡Cansado! De haber aceptado la rutinaria vida que tuve, de jugar el mismo juego de los demás, de callar y esperar… de mí. Y quizá ese cansancio fue el que me llevo a querer salir de la rutina, acelerar un poco más de lo usual, sentirme libre, sentir que estaba haciendo lo que quería y no lo que dictaban los demás; tal vez me sentí tan libre que olvide lo que estaba a mi alrededor… tan libre que rompí las leyes de tránsito.
Pero que importa ya, si no puedo decirte adiós, ni besar tus labios, ni dibujar tu rostro, ni tocar tus caderas… solo me conformo con tu imagen y espero que no me odies por haberme cansado hasta de ti…
-No tiene pulso… no respira… creo que ya no tiene caso seguir intentando… lo hemos perdido.

Empapame

Con tus dulces caricias, con tus besos y abrazos ¡empápame! ¡No! No con esas sucias y baratas; sino con las que son suaves, profundas… esas que me roban la calma, esas que hacen a mi cuerpo pedir más esas que me derriten, esas que llegan a mi alma y me hacen tiritar.
Empápame de pies a cabeza, y poco a poco haz que cada día te extrañe y te necesite ...