Plic,
plic, plic… se escuchaban las gotas de lluvia que han empezado a
caer sobre el pavimento, suenan como una melodía en crescendo a
medida arrecia.
Ha
sido una tarde de viernes típica para mí: trabajo, estudios y los
amigos de siempre. Mientras camino sobre la calzada de la
universidad, he sacado de mi cartera el paraguas, negro como la
noche, para evitar mojarme con esta lluvia, que ya se ha tornado tan
ruidosa como un televisor que no encuentra sintonía. Son casi las
cinco de la tarde y aun queda suficiente iluminación natural en esta
gris tarde.
Todo
mi ser debería estar relajado al pensar que mañana tendré mi
merecido descanso de fin de semana; pero mis músculos están tensos
y me muevo con mucha prisa; lo confirman los continuos “splash”
que emiten mis tacones sobre los charcos que han comenzado a formarse.
Me
digo “pronto estaré en casa”, pero mi corazón está inquieto,
como si me quisiera prevenir de un terrible mal -Maldito sexto
sentido femenino. -Respiro profundo y me animo pensado que solo me
quedan cien metros para salir de la universidad y estaré en la parada
del bus.
-Solo
cien metro y ya. -Me digo para calmar mis ansias.
Pero... mi cuerpo se ha petrificado, mis músculos están inmóviles,
y algo en mi pecho parece que se ha encogido en cuestión de segundos… al otro lado de la calzada, a unos escasos tres metros, estás
tú. Aunque es la hora de mayor flujo de personas, sólo te veo a ti
frente a mí, y no hay nadie más a nuestro alrededor. Me siento tan
impresionada, que la lluvia parece paralizada en su intento por
alcanzar la tierra; sus gotas nos rodean, suspendidas en el aire, como perlas transparentes, miles de ellas, que
nos circundan, sin moverse un sólo centímetro; y tan estáticas
como las gotas están las hojas de los arboles del pequeño bosque que bordea el camino. Todo parece
congelado.
Estas
empapado, con la ropa de siempre, los jeans rasgados, tu suéter
descolorido y tus tenis gastados, tu mirada perdida (que parecía
nunca verme), y esa sonrisa que parece realzar una misteriosa
seguridad inquebrantable en ti mismo. Creo que el final de lo nuestro
nunca te afectó. Siempre pareciste inmune a todo.
Mi
mente corre a mil por hora; quisiera abrazarte y estrujarte con todas
mis fuerzas, decirte que aun te amo, cubrirte con mi paraguas (
aunque sé que odias sentirte protegido por alguien más)... pero no
me atrevo. Te veo y reconozco que tampoco quieres verme. Y como miles
de trozos de un cristal que cae al piso, como mi corazón, así caen
las gotas de la lluvia una vez más sobre el empedrado del camino.
Ambos continuamos caminando, cruzamos uno al lado del otro, y ...
nada sucede. Vuelvo la mirada con un ferviente deseo de verte hacer
lo mismo, pero sigues tu camino imperturbable.
Mis
cien metros se han terminado y me encuentro frente al bus, la lluvia
sigue y mi corazón sabe que aun no has sido olvidado.