
Cuando muera no quiero que me entierren en una caja negra, ni blanca, ni dorada. El día que muera no quiero que sea aburrido. Definitivamente no quiero ser enterrado en una caja común de funeraria, no hablaría bien de mí. El día que muera quiero una caja de múltiples colores, decorada con alegorías propias de mi país, como las que uno se encuentra en Ataco o en La Palma.
El día de mi funeral quiero el salón lleno de hojas de palma multicolores, decoradas como si fuera un domingo de ramos, quiero toritos pintos corriendo por los alrededores, quiero a los invitados disfrutando como si fuera día de fiesta. Quiero que el día que yo parta de este mundo la gente recuerde que nunca me gustaron los protocolos ni los convencionalismos.
No me gustaría tener gente sería que hable de lo serio que yo pude ser en vida. Los quiero con vestidos de muchos colores, alegres y dichosos de estar juntos y que el último día que vean mi cuerpo lo recuerden con gozo y regocijo.
Mi objetivo final es que mi muerte no pase desapercibida para esta gris y rutinaria sociedad. Quiero que sea una muestra de lo mucho que me costó adaptarme a ella, y que les recuerde que nunca me gustó seguir sus reglas. No me importa si me llaman loco, total, ya no estaré en este mundo para escucharlos. Quizás me lo reprochen en un par de oraciones, no importa, vivo en una sociedad sin memoria histórica y a la vuelta de un par de días olvidaran lo sucedido. Pero yo me iría con la felicidad de haber hecho algo diferente y "anormal" en una ciudad tan "normal".
